Cinco días en Catar, del mercado de halcones de Doha a la orilla del Mar Interior, en un país que en cuarenta años ha construido casi todo lo que se ve y sigue midiéndose con lo que ya estaba.
Hay un momento en que el viaje empieza de verdad
Son casi las seis cuando el todoterreno se detiene sobre la duna y Ashraf apaga el motor. Abro la puerta y el calor entra despacio, como si llevara un rato esperando. Delante solo hay arena. Detrás, también.
Ashraf señala un punto lejano donde el desierto termina y empieza el Mar Interior. Con esta luz apenas lo distingo: el cielo y la arena han ido igualando el color hasta deshacer la línea que los separa. Enciende un cigarrillo y se guarda la cerilla usada en el bolsillo de la camisa. No tira nada aquí, ni siquiera eso.
Cinco días antes, desde el avión, Doha era una línea de cristal sobre el horizonte. Había leído sobre el Mundial, sobre una de las economías más ricas del planeta, sobre una ciudad capaz de levantar en cuatro décadas uno de los perfiles urbanos más reconocibles del Golfo. Nadie mencionaba el viento.
Doha, donde el desierto aprendió a mirar al mar

Ashraf me recogió en el aeropuerto el primer día, a las cinco de la tarde y con treinta y siete grados fuera. Dentro del coche hacía frío. Es lo primero que aprende uno aquí en Julio, se pasa el día cruzando de un sitio climatizado a otro, y los veinte metros que hay en medio se notan en los tobillos.
Las avenidas son anchas. Los jardines están mantenidos con una precisión que discute con el clima. Ashraf conduce sin hablar hasta que entramos en el distrito financiero, y entonces levanta dos dedos del volante para señalar las torres.
—Cuando llegué, aquí había muy poco.
Llegó de Peshawar, en 1991. Tenía veintitrés años, uno menos de los que ha pasado su hijo mayor en Doha sin salir de la ciudad. No menciona el petróleo. No hace falta.
La Corniche bordea la bahía durante siete kilómetros. A esa hora todavía está casi vacía; se llena después de las siete, cuando el asfalto deja de quemar. Familias, corredores y pescadores comparten la misma acera mientras los dhow de madera se balancean sobre el agua, igual que cuando el país vivía de las perlas y del comercio marítimo. Detrás, los rascacielos. Las embarcaciones no están ahí como decorado: siguen saliendo, ahora con turistas, y vuelven con las luces encendidas.

El sol baja y las fachadas se calientan de color. Un grupo de adolescentes se fotografía contra el skyline, todos con la misma pose. Una pareja pasea junto al agua. Un hombre mayor lleva un rato sentado en un banco, mirando las barcas, sin intención aparente de marcharse.
De noche dejo la Corniche y camino hacia el casco antiguo. Las avenidas se estrechan, la piedra sustituye al cristal, y a mitad de camino empieza la llamada a la oración. La ciudad no se detiene. Dos hombres que venían hablando delante de mí cambian de dirección sin interrumpir la conversación; el resto sigue andando. Nadie solemniza el momento.

Me dejan pasar a uno de los patios abiertos a visitantes. La luz llega troceada por las celosías y el mármol la devuelve apagada. Fuera vuelve a haber treinta y un grados a las nueve de la noche.
Antes de distinguir las primeras fachadas del zoco, el aire empieza a oler a cardamomo, incienso y madera perfumada.
Donde la ciudad cambia de ritmo

El cambio dura unos minutos. Detrás quedan la bahía y las torres; delante, calles más estrechas, pavimento irregular, muros de adobe sobre los que la luz se queda quieta en lugar de rebotar. No hace falta mapa: el olor va por delante. Aquí manda el oud, la madera resinosa que se quema en casas y mezquitas de toda la península. Estoy dentro del mercado antes de verlo.
Souq Waqif nació hace más de un siglo como punto de encuentro entre los comerciantes de la costa y las tribus del interior. Se cambiaban animales, especias, tejidos, herramientas y noticias. Lo restauraron a comienzos de este siglo —el barrio estaba medio en ruinas y hubo quien pidió tirarlo entero— y conserva la escala de entonces, la de un sitio donde comprar y conversar eran el mismo acto.
Camino sin destino. Un anciano coloca lámparas de latón frente a su tienda. Dos niños cruzan la plaza persiguiéndose entre las terrazas. Un comerciante desenrolla una alfombra para un cliente que todavía no ha decidido si va a comprarla. Nadie tiene prisa, y al cabo de un rato yo tampoco.
El valor de las manos

El metal trabajado a mano ha acompañado la evolución de la cultura material durante siglos.
En una tienda estrecha, con dos taburetes y una bombilla, Mahmud trabaja el cuero. No levanta la vista cuando entro. Corta, cose, pule; el orden lo tiene resuelto desde hace cuarenta años, treinta y uno de ellos aquí y los primeros en Alepo, con su padre.
Le pregunto qué está haciendo. Tarda en contestar, no por antipatía: termina la costura primero.
—Un guante —dice—. Para los pájaros.
Le pregunto cuántos hace al año y se encoge de hombros. Los buenos duran quince años, contesta, así que tampoco tantos. Es toda la entrevista. Vuelve al cuero y yo me quedo cinco minutos más de lo razonable mirando cómo lo hace.
Unas puertas más allá, Iqbal despliega un algodón sobre el mostrador. La tela cae casi líquida y la luz de la entrada levanta el bordado. No habla del precio. Habla de quién lo hizo, en Hyderabad, y de cuánto tardó. Cuando por fin dice una cifra, ya me ha explicado por qué. No le compro nada y me acompaña igual hasta la puerta.
La mirada del halcón

Al fondo del mercado, en la calle donde están las tiendas de cetrería y el hospital de halcones, se ha formado un corro pequeño. En el centro, un ave inmóvil sobre un guante grueso de cuero, con la caperuza puesta.
Se llama Ghazal. Es una sacre de cuatro años y es hembra, que es lo que se busca: las hembras son más grandes y cazan mejor. Nasser al-Kuwari la sujeta con el brazo pegado al cuerpo mientras habla con otro hombre de algo que no entiendo. Cuando le quita la caperuza, la halcona no se mueve.
Me hace un gesto para que me acerque. Levanto la cámara. Ghazal mantiene la vista fija en un punto que ninguno de nosotros ve. Disparo. Disparo otra vez. No pasa nada. Al bajar la cámara descubro que el que sonríe es Nasser.
Me enseña entonces una cosa que no esperaba: la halcona tiene pasaporte. Un documento con su fotografía, su número de anilla y sus vacunas, para poder volar con ella a Kuwait o a Pakistán en temporada. Lo lleva en el bolsillo de atrás, doblado, como quien lleva el cané.

El primer gesto de hospitalidad
Jassim me llama con la mano desde la puerta de su tienda, entre sacos de resina y cajas de bakhoor. Sobre una bandeja de latón hay una dallah, la cafetera del Golfo, y un plato con dátiles. Me siento. Sin preguntarme quién soy, llena una taza pequeña de porcelana, sin asa, hasta un tercio.

El café es claro, ligero, con cardamomo, y cabe en un sorbo. Antes de que llegue a dejar la taza en la bandeja, vuelve a llenarla. Sonríe. Yo también. Todavía no hemos dicho nada.
A la tercera taza llegan las preguntas, todas juntas y sin rodeos. De dónde. Cuántos años. Si estoy casada. Cuando digo que veintinueve y que no, se lo traduce a su sobrino, que está detrás del mostrador, y los dos se ríen con una risa que no va contra mí: es la risa de quien acaba de ganar una discusión antigua. El sobrino me explica en inglés que su tío lleva años diciéndole que se case. Jassim me rellena la taza otra vez.
Sabré después que la repetición es el mensaje: mientras la taza se llene, uno puede quedarse. Para terminar hay que moverla ligeramente de un lado a otro. Lo hago mal la primera vez y me sirve más.
Salgo del zoco pasadas las once. Las terrazas siguen llenándose, el incienso se mezcla con el café, las conversaciones ocupan las puertas de las tiendas. Nadie me ha preguntado todavía a qué he venido.
Donde el desierto recupera la última palabra

El último día salimos temprano hacia el sur. Las últimas rotondas de Doha quedan atrás con la misma discreción con la que apareció la ciudad al llegar. Los edificios se van separando hasta que dejan de estar. La autopista continúa un rato por un terreno cada vez más abierto y el asfalto termina sin ningún aviso, en una explanada de tierra donde varios conductores se detienen a bajar la presión de los neumáticos. Ashraf deja las ruedas en quince libras. Lo hace sin hablar, con el gesto de quien se descalza al entrar en una casa.
Después no hay calles, ni señales, ni nada a lo que mirar para saber dónde estamos. Solo dunas que el viento rehace y un horizonte que retrocede a medida que avanzamos. Ashraf no busca la línea más rápida, sino la que el terreno consiente. Corrige el volante en cada cambio de firme. Dice que hace veinte años se perdía gente aquí, y que ahora se pierde igual pero con teléfono.
El todoterreno sube por una pendiente larga y durante unos segundos solo vemos cielo. Luego la cresta, el vacío y un descenso mucho más suave de lo que esperaba. La arena corre bajo las ruedas como si fuera agua. Dentro del coche nadie habla.
El lugar donde el desierto toca el mar
Khor Al Adaid no se impone. El desierto llega hasta el agua sin estridencias: las dunas descienden, las olas apenas alteran la arena y entre uno y otro no hay una línea, sino una franja que cambia de color según la hora. Enfrente, a unos kilómetros, está la frontera saudí.
Nos sentamos arriba mientras el sol baja. No hace falta buscar sitio. Durante un rato largo nadie dice nada. El viento va trazando líneas nuevas sobre la arena y el agua responde con un movimiento mínimo. La luz se vuelve dorada, después ámbar, después violeta.
—El desierto no se explica —dice Ashraf, y es lo mismo que me dijo el primer día, en la carretera del aeropuerto—. Solo hay que quedarse un rato.

Gira la llave y el motor rompe el silencio por primera vez en mucho rato. Se guarda la colilla en el bolsillo de la camisa. Empezamos a bajar la duna y miro hacia atrás: el viento ya está borrando las huellas.






